Opino que todos los mayores problemas de los vigilantes de seguridad son insolubles, y que la vida del mismo esta totalmente desprovista de significado. Es un espectáculo sin intención ni moraleja. Detesto todos los esfuerzos por atribuirle una moraleja.
Sin duda un cosmos afligido por una simple infección no consideraría necesario llamar al medico. Pero un cosmos plagado de delegados provinciales, jefes de servicio e inspectores y jefes de equipo debe de sufrir espantosamente. No es extraño que el sol este tan caliente y la luna tenga ese color verde tan diabético.
Por lo que a los vigilantes concierne, incluso en un espacio tan reducido como el de nuestro servicio, el vigilante es un producto chapucero y ridículo. Pocas otras bestias son tan estúpidas y cobardes como el.
Al vigilante le falta lo que quizás es la más notable de las cualidades: el coraje.
El vigilante pasa mucho más tiempo solo que cualquier ser humano, tanto en su servicio como en medio de la civilización. Todos los errores e incompetencias del creador llegan a su apogeo en el vigilante.
La presencia del alma humana suministra un solo resultado práctico a saber: nutre al vigilante con vanidades antropomórficas y antropocéntricas… en síntesis, con supersticiones presuntuosas y descabelladas. Se jacta y se pavonea por que es dueño de si mismo, y olvida el hecho de que no sirve para nada. Por lo tanto es el supremo payaso de la creación, la reducción al absurdo de la naturaleza humana.
Existe un tipo de vigilante cuya vista exagera, inevitablemente, cuyo oído capta mas de lo que la orquesta toca, cuya imaginación duplica y triplica los datos que le comunican sus cinco sentidos. Es el entusiasta, el creyente, el infalible, el vigilante prosegur.
La fe se puede definir en pocas palabras como la propensión a creer, contra toda lógica, que sucederá lo imposible.
En la historia humana no hay antecedentes de un vigilante feliz: solo existe en la leyenda, si queréis descubrir lo que siente un vigilante mientras que practica su profesión, id al zoológico más próximo y observad a un chimpancé consagrado a la tediosa e inútil tarea de espulgarse. Ambos sufren espantosamente y ninguno de ellos puede triunfar. En todos mis años de búsqueda por este mundo, jamás he encontrado un vigilante cabalmente moral que fuera honorable.
La barrera de la cobardía es aun más eficaz que la económica. El rasgo singular que distingue al vigilante de los otros hombres es su exagerada pusilanimidad, la facilidad con que se asusta, su incapacidad para emprender una reivindicación justa cuando no lo sigue una multitud.
¿La conciencia? si, queridos vigilantes, la conciencia. Esa conciencia puede ser imperfecta, inepta, estólida, falsa. A veces puede ser indiferenciable del simple temor a que alguien este mirando. Puede estar saturada de hipocresía, estupidez, simulación.
Uno no puede precipitarse por la borda sin tragar agua. Y por la misma razón uno no puede vivir y vegetar, un año si y otro también, sin caer, por lo menos en cierta medida, bajo la obsesión moral que es típica del vigilante-masa.
A veces sospecho que mi problema esencial consiste en que estoy totalmente desprovisto de lo que se ha dado en llamar “servicio a la empresa”. Todas las empresas enseñan, que la disidencia es un pecado. La mayoría la cataloga como el mayor de los pecados, y todas ellas la castigan duramente. Es imposible que un vigilante se libre de la idea de que tales castigos son justos. Sencillamente no pueden imaginar una norma de conducta que no se asiente sobre el miedo a la empresa.
Sin embargo, no están solos: el infierno de los vigilantes esta tan poblado como el infierno de los delegados y el de los mandos intermedios. Todos eran omnipotentes, omniscientes o inmortales. Y todos están muertos.
Los vigilantes trabajan sencillamente para evadirse de la deprimente agonía de contemplar su vida. El vigilante no puede quedarse quieto, contemplando su destino en este mundo, sin enloquecer. Entonces inventa recursos para olvidar el horror. Trabaja. Juega. Acumula esa nadería ridícula que se llama “horas extras “. El rasgo básico de la existencia del vigilante no reside en su naturaleza trágica sino en su naturaleza aburrida.
Pero el progreso existe. Es cierto. Es el trayecto que un vigilante recorre desde su servicio hasta la oficina de la empresa y desde allí hasta la oficina del INEM. Cada generación enfrenta el mismo hastió insoportable. Todo vigilante avispado decide amargamente, en uno u otro momento de su carrera, que seria más sensato morir que continuar viviendo.
¿Qué es lo que mantiene vivo a un vigilante meditabundo y escéptico? Sospecho que en buena parte es el sentido del humor. Pero a esto se suma la curiosidad.
A lo que me gustaría asistir, si semejante cosa se pudiera organizar, seria a una ola de suicidios entre delegados, jefes de servicios e inspectores… este acto se convertiría en motivo y vehemente e indeleble regocijo para grandes multitudes de vigilantes.
Lo que más admiro de un vigilante es la serenidad de espíritu, la virtud de no caer en la indignación moral, y la tolerancia; en síntesis lo que se denomina vulgarmente magnanimidad. No debemos confundir a semejante vigilante con el que elude los porrazos de la vida, por el contrario disfruta extraordinariamente de la presencia de adversarios.
Su rasgo consiste en que siempre ata a sus adversarios no solo con todas las armas, sino también con bufidos y reprimendas; siempre esta lleno de indignación moral y es incapaz de imaginar la honorabilidad de su enemigo.
El vigilante-masa recibe la impresión de que es realmente importante para la empresa, de que controla verdaderamente las cosas. Una promesa, al fin y al cabo, no es más que una promesa, aunque este sustentada por la revelación divina, y las probabilidades de que se cumpla se pueden traducir en una simple formula matemática. El vigilante inferior debe buscarse superiores, para poder maravillarse de la igualdad que los pone a ambos en un mismo nivel, la desgracia del vigilante consiste en que quienes escriben su historia son, casi siempre, vigilantes de tercera categoría. Al vigilante de primera, sus impulsos lo llevan a actuar.
No propongo ningún remedio, estoy convencido de que no hay remedio posible, el vigilante actual parece condenado a avanzar, en su velocidad mínima, cuando por casualidad las ideas sensatas toman cuerpo, la irritan y la aterrorizan, se prefiere al baboso sempiterno.
El esclavo siempre tiene conciencia de su esclavitud, y realiza esfuerzos constantes y a veces desesperados para atenuarla o para librarse totalmente de ella, este caso no se da entre los vigilantes.
Antes de que un vigilante hable siempre es lícito suponer que es tonto. Después de que habla, pocas veces es necesario suponerlo.
Para los vigilantes la miseria es nuestra fiel compañera de todos los días, la mas fiel. Si… miseria. Porque miseria es conjugar la vida con tener en vez de ser. Porque la miseria es lo que te impide vivir. Porque la miseria es el estado de supervivencia en el cual nos encontramos todos los vigilantes hoy día, sin la mas mínima posibilidad de escapatoria.
El resultado es el vigilante inacabado, mutilado, que alguna noche solo con el mismo, empapado de sudor, se da cuenta que a partir de un momento su estancia en el mundo no ha sido mas que la continua repetición de un mismo día sobre el cual el nunca a tenido poder alguno.
Humillaciones, agresiones, soledad, degradación del trabajo; es el vigilante quebrado y destrozado por los mecanismos de desgaste y destrucción, por las infinitas coacciones. Es el vigilante engañado por las múltiples mediaciones que impiden la comunicación.
Es el vigilante que renuncia a la vida por la suma de seducciones que hacen su miseria atractiva e impiden su realización.
Es el vigilante funcional de la ideología del óptimo, del equilibrio, de la regulación, de la adaptación; es el vigilante cuyos comportamientos impuestos por los imperativos económicos están a la medida de las mercancías.
“En definitiva ese vigilante eres tu; una mercancía. “

Soy vigilante, y reconozco que cuando he empezado ha leer esto, me estaba quedando con la boca abierta, cosa que no hubiera tenido mayor importancia de no ser porque cuando iba por la mitad del texto ya me han empezado ha entrar moscas. No puedes imarginarte, o tal vez si, la cantidad de improperios que en ese momento se me estaban viniendo a la mente, no pense que fueras otra cosa que uno de esos que como a tenido un tropiezo con un vigilante, a decidido medirnos a todos por el mismo rasero, pero tras terminar de leer y sin necesidad de reflexionar demansiado, me he dado cuenta de que en el fondo tienes bastante razón, que los vigilantes somos como somos y estamos en la situación que estamos, por nuestra propia desidia, que disculpamos nuestra cobardía ante la necesidad de hacer horas extraordinarias porque "tenemos que comer". Y digo yo, que tambien tenemos que cagar y que mear, y no lo hacemos para seguir haciendo horas.
Reconozco que a veces me cuesta encontrarme la raya del culo, que se me está borrardo de no despegarlo de mi asiento, y que la pereza, la desidia y muchas veces la cobardía hace que no haga más que lo imprescindible para que mi mundo se vea lo menos alterado posible, pero todavia puede presumir de no querer responsabilidades de esas que te hacen parecer más frente a tus compañeros pero que en el fondo terminas siendo el mismo "pringao".
Pero sabes, tu que todo lo ves, escribir de esa forma un texto que seguramente lo lean muchos vigilantes, es una demostración de pedantería sin límites, a fin de cuentas en nuestra vacía existencia la mayoría somos iletrados que no entendemos de palabras rebuscadas, y tendemos a sentir desprecio por las personas que creen saber mucho y que no saben algo tan sencillo como ponerse al mismo nivel que sus interlocutores.
De nada sirve saber mucho o como es tu caso ser un "listillo", si no se sabe transmitir esa sabiduría a las personas a quienes uno se dirige.
Una de dos: Ó eres unos de esos compañeretes fustrados que de vez en cuando a parecen por un Servicio dándoles ganas a uno de solicitar un traslado inminente. Ó eres un bocazas al que le partieron la boca por Beduino.......¡¡¡